11ª Estación: Jesús es clavado en la Cruz
11ª Estación del Vía Crucis - Jesús es clavado en la cruz
Te adoramos, ¡oh, Cristo!, y te bendecimos, porque, por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Cada paso en el camino del dolor conduce hacia la cruz.
Jesús va a consumar su obra con la entrega generosa de su vida: «nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente» (Jn 10,18), y su entrega es la respuesta de fidelidad al amor del Padre, de coherencia con su identidad y misión.
El dolor, el sufrimiento y la muerte son interrogantes que todo hombre y mujer se hacen en la vida. Estas son realidades que parecen entrar en contradicción con un deseo profundo que nace del interior del ser humano: el deseo de vivir, de permanecer y perpetuarse. El deseo de felicidad que parece frustrarse cuando tropezamos en la vida con la experiencia de dolor. Sin embargo, en esta escena del vía crucis contemplamos al que es la Vida asumir cada una de estas realidades sin perder la integridad de la felicidad y de la vida misma que nace del amor.
El amor vertebra la existencia de Jesús de tal manera que, ante la cruz, su respuesta no es de rechazo, de abandono o huida, sino de asumirla, al ser clavado en ella. El hecho de que Jesús sea clavado en la cruz es una clave de lectura para integrar en nuestra vida todas las circunstancias de pena y de muerte porque no son más que eso: circunstancias que no definen la profundidad de nuestra existencia. La voz de nuestro interior no se equivoca, estamos llamados a la vida y la felicidad que están más allá de lo que la contingencia nos pone en el camino.
En su cruz están nuestras cruces.
Creo que nadie de nosotros puede decir que no haya tenido una preocupación en la cabeza, un nudo en la garganta o una pena en el corazón. Quien se sienta afortunado de no haber tenido aún alguna experiencia de enfermedad, dolor o sufrimiento, que se ponga en la fila de la vida, porque en algún momento le llegará. No siempre somos espectadores de los males de los demás ni la muerte es sólo una noticia que ocurre en las familias de otros. Un día tocará a nuestra puerta con el mismo capricho con que la vida elige la suerte. Pero para entonces será distinto si miramos a la cruz de Jesús, si reconocemos que en su cruz están nuestras cruces, si somos capaces de hacer descansar nuestras cruces en las cruces de Jesús.
«Canceló la nota de cargo que nos condenaba con sus cláusulas contrarias a nosotros; la quitó de en medio, clavándola en la cruz». (Col 2,14).
Los cristianos no somos masoquistas, ni buscadores de dolor y el sufrimiento como se nos ha querido hacer ver, pero si somos los que, por el amor de Cristo en la cruz, podemos hacer una lectura distinta del dolor, la enfermedad y la muerte. Somos quienes buscamos integrar estas realidades ineludibles de la existencia humana en nuestra esperanza de vida, los que nos resistimos mirar la vidas como un absurdo irreparable para convertirnos en buscadores de sentido orientado en el amor, la felicidad y el bien como el único destino de la humanidad.
Jesús, clavado en la cruz, es la respuesta de que la vida del hombre no es, ni puede ser, una tragedia sin sentido llena de penas, afanes y sufrimientos abocados al fracaso de la existencia. La vida no es y no puede ser una callejón sin salida truncado por la muerte en el desvanecimiento de cuanto amamos. Mirar hacia la cruz de Jesús es descubrir la vida como un gozo en la presencia de Dios que se prolonga más allá de la muerte.
Hermanos míos, el dolor y la enfermedad son experiencias intransferibles que nos enmudecen ante el sufrimiento ajeno. Ante un misterio que no le encontramos respuesta, lo mejor que podemos hacer en muchas ocasiones es acompañarlo desde el silencio. Pero algo me deja un poco más tranquilo: el Dios que nos ha amado y que nos salva del absurdo asumió nuestra condición humana hasta el punto de incorporar cada una de nuestras interrogantes sin dejar de iluminar ningún rincón de nuestras vidas.

