12ª Estación: Jesús muere en la cruz.
12ª Estación del Via Crucis - Jesús muere en la cruz
Te adoramos, ¡oh, Cristo!, y te bendecimos, porque, por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
¿Qué significa la muerte de Jesús?
Jesús anunció varias veces que iba a padecer y a morir. Esperó con ansias la Última Cena para dejar el memorial de su muerte redentora y compartir por última vez con sus amigos. ¿No estaba anunciada ya su muerte en cada curación en sábado, al despertar el recelo y la animadversión de los que preferían mantener su estatus en lugar de vivir la misericordia? ¿No gustó él, desde el inicio de su predicación, el peligro mortal que significaba traer un mensaje de salvación nuevo y verdadero, como ocurrió aquel día del discurso en la sinagoga de Nazaret? ¿No marcó el sello de su sentencia de muerte, aquel día en el Templo, cuando su celo apostólico le hizo conmocionar los cimientos de la práctica religiosa de su pueblo? Así, su muerte fue llegando poco a poco, hasta que se hizo patente en la cruz, en los clavos y en la lanza.
«En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).
Sabiendo que se encaminaba hacia ella, ¿podría intuir que algo de redención tendría, es decir, que su muerte era ofrenda por muchos, o acaso era movido por el gran amor hacia su Padre y hacia cada uno de los que Él le había entregado? Por inercia de la tradición cristiana, la primera opción salta con espontaneidad al pensamiento, pero ¿qué en realidad es primero, el amor o la ofrenda? Ciertamente que el amor: la ofrenda es consecuencia del amor.
Por tanto, el amor fue más fuerte que salvaguardar la vida y prefirió morir; prefirió la entrega total, incluso ante la posibilidad del no-ser. El amor fue el principio, el fundamento y la razón de la muerte de Jesús. Le llevó a trascender los límites de la carne y de la incertidumbre, con superlativa fuerza de eternidad.
¿Acaso es posible renunciar al amor cuando se vive por dentro, cuando es la única razón de vivir? ¿Vale algo la vida cuando el amor sabe eclipsarla? El dolor de las afrentas, de los golpes, de los clavos y sobre todo del abandono de sus discípulos, aun cuestionando las razones del amor, no pudo con su fuerza.
«Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27,40) le gritaban, y no recibieron más respuesta que la de seguir viendo un cuerpo abatido, destrozado y sangrante. La pregunta que siguió retumbando en el interior de quienes lo injuriaban sería probablemente «¿Por qué no se baja de la cruz?».
Una ofrenda de amor sin límites.
Cuando el amor es verdadero no conoce final, no sabe de límites ni de obstáculos. Sólo sabe amar y darse por entero a la persona amada. El mismo impulso que le llevó hasta pender clavado a un madero, muerte reservada para los peores criminales y signo de afrenta máxima para un judío al mostrar su desnudez, permanecía latente en su interior hasta cuando el herido corazón no pudo soportar más. Así quedó el cuerpo yerto, colgado en la cruz. Fruto de la tensión de las heridas y la tensión de amor.

Ciertamente, la muerte de Jesús fue y sigue siendo una ofrenda realizada una vez y para siempre y para la salvación de toda la humanidad. Fue una ofrenda de amor a aquel de quien recibió la fuerza redentora y salvadora. ¿Acaso es el sentido de la redención no es sino la reconciliación con Dios? ¿Y la salvación, no significa acaso la comunión con Dios, una comunión que avanza hacia la plenitud en la vida divina por toda la eternidad? Ni la reconciliación ni la salvación tienen sentido sin el amor. De la misma manera que la muerte de Jesús realizada como ofrenda, el amor es el origen de todo y también su término.
Sin embargo, la fuerza intrínseca del amor ya implica la muerte. No únicamente hacia la ofrenda total como su fin último, sino que el amor mismo se ejercita en la muerte. A cada paso, el amor hace morir a muchas cosas: a las superfluas, a las contrarias, a las que enajenan a la persona amada y a aquellas que impiden su expresión de cercanía y donación. Su movimiento interno empuja a dejarlo todo por el amado; a morir a todo, pero sin sensación de dolor. Todo lo contrario, la muerte que produce el amor es puro placer para la persona que ama. Muere a todo aquello que no le permite ser, ni darse, ni recibirse.
Ofrenda de su ser al Padre amado.
Jesús muere como ofrenda amorosa de su ser. Ofrenda en totalidad, ofrenda de vida y de amor, empero implica la muerte. No es que se busque el no-ser, sino que su fuerza hace que la persona se olvide de sí para dar vida a quien se ama. En sus últimos momentos en la cruz, Jesús dijo «Todo está consumado». Se refería al amor consumado hasta dar la vida en su totalidad; a la ofrenda consumada hasta la última gota de sangre y hasta la última gota de agua.
Amar a alguien es decirle: tú no morirás nunca, porque los únicos muertos son los que ya no amamos». (Gabriel Marcel, Ser y tener).
Pero, ¿qué papel juega el amado —el Padre amado— que recibía esta ofrenda de amor consumada hasta su totalidad? Y es que el amor es de dos. Dos personas que se vinculan entre sí por medio del sentimiento más noble y más poderoso. Jesús expresó su último discurso (logos) de amor al morir en la cruz. El Padre recibe su ofrenda y le corresponde con el anhelo de todo amante: que la persona amada viva y viva para siempre. El Padre le responde con la resurrección, con la vida eterna dentro de la comunión divina.
Este gran amor nos ha dado la vida, nos ha lavado de lo que impide vivir su plenitud y nos invita a su vivencia plena. El amor se expresa en la vida, aunque conlleve la muerte. Él siempre busca la vida, mas siempre para y con el amado. Ésta es la vida que Dios nos regala y que dentro de su Iglesia se encamina hacia su plenitud. Invitados a la vida estamos, como don generoso de Dios, pero una vida de abundancia fruto de la plenitud del amor.
Que, al final de la Cuaresma, podamos vislumbrar el gran amor de Dios para con nosotros y que podamos celebrar agradecidos y esperanzados el misterio por el cual hemos sido reconciliados y salvados. Y que, al mismo tiempo, vivamos la gracia de este amor y muramos a todo aquello que nos impide recibir y vivir la donación vivificante de Dios en Jesucristo, por la gracia de su Espíritu.

