San Luis Bertrán, luz del Nuevo Mundo
En el año 2026, tanto la Orden de Predicadores como la ciudad de Valencia, se celebra el quinto centenario del nacimiento de san Luis Bertrán, uno de los santos más importantes de la Orden antes mencionada. Nació en Valencia el 1 de enero de 1526. Este centenario es una ocasión perfecta para recordar su impacto no solo como fraile, sino también como un incansable misionero del Nuevo Mundo. En este sentido, fue, ante todo, un misionero del Evangelio. Sabemos que tenía “las ansias del martirio” [1], lo que nos indica que era un fraile convencido de su fe y con una voluntad a toda prueba. Comprendió con lucidez que la esencia de la predicación no consistía en un mero ejercicio retórico, sino en el acto de anunciar el Evangelio para conducir a los demás al encuentro vivo con Cristo. Bajo esta premisa, se explica su posterior labor misionera en la Nueva Granada (la actual Colombia). Para él, la vocación dominicana era, fundamentalmente, una llamada urgente a anunciar a Cristo en aquellas latitudes donde la Buena Noticia aún no era conocida.
Según algunas crónicas, desde muy joven manifestó una fe viva que no se encerraba en sí misma, sino que se expresaba en el servicio concreto: asistiendo a los enfermos y a los más pobres, etc. En su adolescencia, «tenía inclinación a las cosas de piedad, de tal suerte que ya se veía en él señales de perfección y santidad». Fue importante la figura de san Vicente Ferrer (1350-1419) en la vida de fray Luis, ya que frente a su imagen rezaba frecuentemente.
A los 18 años, en 1544, ingresó en la Orden de Predicadores, realizando su profesión solemne el 27 de agosto de 1545. Este hecho coincidió con el inicio del Concilio de Trento, impulsando en fray Luis una profunda síntesis entre la vida contemplativa y la misión, por ende, podemos decir que encarnó el célebre adagio dominicano: «contemplari et Contemplata aliis tradere» (contemplar y dar a los demás lo contemplado). Esta profunda asimilación, le hizo desempeñar varias veces el oficio de maestro de novicios. Estaba convencido de que sólo frailes bien formados podrían ser auténticos predicadores. Este celo explica que la Orden dominicana lo proclamara en 1928 patrono de sus novicios.
El 14 de febrero de 1562, respondiendo a una llamada que entendió como envío de Dios, partió hacia el Nuevo Mundo. Allí desplegó plenamente su carácter misionero, dedicándose a la evangelización de los pueblos indígenas en regiones como Cartagena de Indias, Santa Marta y Bogotá.
En aquellas tierras, se dedicó a enseñar la doctrina cristiana con un espíritu de sacrificio. Con todo, su actividad misionera despertó oposición. Pues, sus detractores quisieron envenenarle con una pócima. Pero, hete aquí que el santo bendijo la copa, de la que salió una serpiente. Por tanto, la actividad misionera no siempre está llena de rosas, sino que también de espinas. A fray Luis se le interponían varios obstáculos, a saber: la enfermedad, largos caminos que recorrer, además, la envidia de ciertos hermanos de su convento por el simple hecho de que su vida irradiaba una especial fuerza y espiritualidad. Lejos de desanimarlo, estas experiencias purificaron su entrega misionera, que vivió con paciencia, mansedumbre y una caridad evangélica constante.
Su predicación, marcada por la sencillez, la autenticidad de vida y una profunda vida de oración, tocó los corazones de muchos, hasta tal punto que los propios indígenas “se dieron cuenta de que un enviado de Dios vivía entre ellos” [2]. Por lo que, fray Luis era un hombre de Dios lleno de amor y dispuesto a evangelizar donde quiera que le llevase Dios.
De regreso a su ciudad natal, no abandonó el espíritu misionero, más bien lo canalizó hacia la formación de nuevos predicadores. Fue prior de varios conventos y continuó transmitiendo, con palabras y obras, el ardor apostólico que había marcado toda su vida. Mantuvo una estrecha relación con san Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, quien lo acompañó durante su última enfermedad. En Valencia, 9 de octubre año 1581, murió san Luis Bertrán. Su vida nos indica que cuanto más estemos enraizado en Dios, más fácilmente podremos llevar Palabra de Dios. Beatificado en 1608 y canonizado en 1671, san Luis Bertrán fue enterrado inicialmente en el Convento de Predicadores de Valencia. Es venerado como patrono de Colombia. San Luis Bertrán sigue siendo un modelo de misionero para cualquier cristiano: hombre de oración, de palabra ardiente y de vida entregada.
Como podemos apreciar, la conmemoración del quinto centenario del nacimiento de san Luis Bertrán no se reduce a una memoria estéril del pasado, sino que sigue siendo un faro de luz. A cinco siglos de su nacimiento, la vida de este insigne dominico nos recuerda que la auténtica vida religiosa brota de la fidelidad radical al Evangelio. Fray Luis no concibió la santidad como un privilegio aislado, sino como un desborde de la gracia divina que lo impulsó a cruzar el mar para llevar la luz de Cristo a las periferias de la Nueva Granada.
Que la celebración de este centenario nos alcance la gracia de imitar su audacia misionera, para que la Iglesia de hoy, a ejemplo de san Luis Bertrán, continúe siendo en el mundo un signo visible del Reino y un testimonio vivo del amor redentor de Dios.
[1] Cf. Galmés, L. San Luis Bertrán, forjador de hombres y misionero, imprenta NÁCHER, Valencia, 1982, pág. 73.
[2] Cf. L. Galmés, San Luis Bertrán, forjador de hombres y misionero, pág. 79.

