San Martín de Porres: hacer el bien cuando nadie mira

San Martín de Porres: hacer el bien cuando nadie mira

Fr. José Antonio Obiang Ekuaga Okomo
Fr. José Antonio Obiang Ekuaga Okomo
Real Convento de Predicadores Valencia

Hay una cita de san Pablo que me encanta y que, a mi parecer, resume muy bien la vida de san Martín de Porres. De hecho, es una de mis favoritas: «Lo que hacéis, hacedlo con toda el alma, como para servir al Señor, y no a los hombres: sabiendo que recibiréis del Señor en recompensa la herencia. Servid a Cristo Señor» (Col 3, 23-24).

San Martín hizo muchas cosas que quizá en su tiempo no llamaban especialmente la atención: atendía a los enfermos, ayudaba a los pobres, limpiaba, servía y estaba cerca de personas que muchas veces no contaban para nadie. No buscaba que lo reconocieran. Hacía el bien porque había aprendido a hacerlo de corazón.

Su propia vida tampoco fue sencilla. Nació en Lima en 1579, hijo de D. Juan de Porres, español, y de Ana Velázquez, panameña de ascendencia africana. Vivió en una sociedad en la que el origen y el color de la piel podían determinar el lugar que una persona ocupaba. Martín conoció el desprecio y las dificultades, pero no hizo de ello una razón para vivir enfrentado a los demás.

Su manera de vivir nacía también de su relación con Dios. Era un hombre de oración, profundamente unido a Cristo. De esa unión brotaba su manera de tratar a los demás. Su caridad no era una tarea más, sino la forma concreta de poner en práctica el amor que recibía de Dios. Por eso llegó a ser conocido como «Martín de la caridad».

Esto también nos dice algo hoy. Seguimos viviendo entre diferencias: países, culturas, lenguas y maneras de pensar. Esto sucede en las familias, en los trabajos, en las comunidades y también en la vida religiosa, donde personas de África, Asia, América y Europa comparten una misma mesa y una misma vocación. Y no siempre es fácil. Hay costumbres que chocan, palabras que se entienden mal, pequeñas preferencias, heridas, soledades y momentos en los que cuesta aceptar al otro.

Pero ahí, precisamente, la vida de san Martín vuelve a hacerse cercana y a cobrar sentido. La fraternidad no se construye con grandes palabras, sino con presencia y con pequeños gestos repetidos cada día: saber escuchar, ayudar sin que nos lo pidan, no despreciar, perdonar, y tratar con dignidad a quien quizá no puede devolvernos nada.

San Martín nos sigue hablando hoy porque su santidad no estuvo lejos de la vida. Estuvo en una escoba, en una enfermería, en un plato de comida, en una mano tendida. Quizá esa sea una de las cosas más hermosas de su vida: haber aprendido a hacer de lo pequeño un lugar para amar a Dios.

«Anda y haz tú lo mismo» (Lc10, 37).