Los bienes materiales ¿obstáculo o fuente de felicidad?

Los bienes materiales ¿obstáculo o fuente de felicidad?

Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang
Fr. Jesús Nguema Ndong Bindang
Convento de san Pablo y san Gregorio, Valladolid

La semana pasada, viniendo de dar un paseo por el parque, me tropecé con Andrés, un amigo de la infancia. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Después de saludarnos, evocar recuerdos nuestros en el pueblo y demás formalidades, me comentó, algo disgustado, que no lograba entender a su tío; decía que él lo tenía todo: ganaba mucho dinero en su trabajo, tenía coches de alta gama, casas, una buena esposa… pero aun así no era feliz. “Yo no le entiendo; si yo tuviera la mitad de las cosas que tiene él, yo sería, seguro, muy feliz”, añadía mi buen amigo Andrés.     

Confieso que estas palabras suyas me resultaron algo sorprendentes. Desde nuestra conversación no he parado de darle vueltas a este comentario. Si te fijas, querido lector, las cosas que señala Andrés para ser feliz son, casi todas, bienes materiales. Yo creo que, en cierto sentido, en el comentario de Andrés se delata la concepción de felicidad que tienen muchos de nuestros contemporáneos. Parece que la felicidad hoy día está asociada a lo que nos falta, la buscamos en lo que todavía no poseemos.

Dice mi amigo Andrés que sería feliz si tuviese mucho dinero, casas y coches de alta gama; igual un parado diría que sería feliz si encontrase un buen trabajo; y un soltero diría que sería feliz si encontrase a una buena mujer, etc. Pero, ¿acaso la felicidad depende de la consecución de lo que nos falta? Pues yo creo que no. Creo que este tipo de “felicidad” es simplemente un alivio, una satisfacción puntual y caduca. Ningún bien material nos resulta suficiente para ser plenamente felices. Somos seres inquietos. Como dice san Agustín en su libro de las confesiones, Dios nos creó para Él, y nuestro corazón está inquieto hasta que vuelva a Él. Solo en Dios podemos ser plenamente felices.

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La felicidad no depende, como se deduce del comentario de mi amigo Andrés, de la cantidad de dinero, casas y de coches que tenga una persona. Yo no dudo que los bienes materiales puedan ayudar a generar experiencias de gozo y de felicidad. Tenerlos es, sin duda alguna, muy bueno y una gracia de Dios; pero también existe la posibilidad de que estos bienes puedan cerrarnos el camino hacia la verdadera felicidad, ya que podríamos hacer depender nuestra felicidad de ellos, lo cual es peligroso; porque, si algún día nos faltase alguno de esos bienes, nos sentiríamos desdichados y desgraciados.   

 La verdadera felicidad, como sostienen muchos psicólogos, no se encuentra fuera, en lo externo a nosotros. La felicidad depende de nuestra actitud interior. La felicidad empieza en uno mismo. Esto es, en cierto modo, la enseñanza que nos dejó Jesús en las bienaventuranzas. En las ocho bienaventuranzas, nos muestra Jesús, en forma de compendio, el camino hacia la felicidad plena; una felicidad que está enraizada en nuestro propio corazón y no en las cosas superficiales y banales.

La verdadera felicidad la podemos alcanzar si recorremos el camino propuesto por Jesús en las bienaventuranzas. Y esto es posible sólo con la confianza absoluta en Dios. Sólo si nos abandonamos en las manos de Dios, dejando que Él sea todo en nosotros, podremos decir: “no dependo de las cosas. No dependo de las personas. No necesito la riqueza. Si tengo algo puedo compartirlo también con otros. Puedo gozar de ello, pero no me lamento si no lo tengo” (Anselm Grün).