Traslación de Santo Domingo

Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Fr. Ángel Luis Fariña Pérez
Convento Virgen de Atocha, Madrid

No cabe la menor duda de que las grandes figuras dejan estelas de admiración imborrables. Los contemporáneos de santo Domingo lo vivieron, lo manifestaron y el fruto de esa realidad de la que fueron testigos junto a él, lo expresaron en sus escritos.

El momento de trasladar los restos de santo Domingo el 24 de mayo de 1233, martes de Pentecostés, supuso para ellos prueba, angustia, temor donde no había por qué tenerlo, significativo después del tiempo transcurrido desde su muerte. Por lo que nos cuentan las crónicas de este hecho, todos se sintieron admirados e interrogados no por el gran discurso que hubo, sino por el “olor de Cristo” (2 Cor 2,15) que desprendía aquel “tesoro escondido” del cual “no se saciaban” (Jordán de Sajonia). Domingo, doce años después de morir, seguía poniendo énfasis en la finalidad de la Orden que había fundado: la evangelización y la itinerancia. 

El contemplar el hecho de trasladar sus restos nos debe hacer conscientes de que al igual que Domingo y sus primeros frailes, tenemos que ser personajes del Evangelio a los que lo único que les importa es el seguimiento y la predicación de la verdad de Jesucristo. Verdad que no sólo es para los que están, sino para los que se encuentran en la frontera, al borde o fuera. Verdad que se puede hacer llegar de mil maneras y en nuevos lugares para que finalmente les importe Jesús y así demostrar que sí tiene un lugar en nuestro mundo. Domingo, incluso después de muerto, siguió llevando a cabo la composición de esa hermosa sinfonía en honor a la verdad de la cual se contagiaron sus primeros frailes; contagio que dura, 800 años después, a quienes nos sentimos atraídos por su persona y el atractivo de su aventura que nos lanza al riesgo de una vida nueva. ¿Cómo no seguir a aquel que nos ha dejado este camino de admiración?


Domingo de Guzmán, siempre con esperanza en una época donde era difícil tenerla, nunca miró hacia atrás. Con su mirada invita a que nosotros lo hagamos y que apostemos por el mañana para que no impere la nostalgia del pasado. Esa apuesta tiene que ser en la realidad de la pluralidad del hoy, que es la que nos empuja adelante desde nuestro trabajo, con la lectura asidua y amor a la Sagrada Escritura, que es donde nace nuestra esencia de predicador; con la oración, que es la que da sentido a nuestra vida junto con el estudio, que es nuestra herramienta primordial para ser útiles a los demás. Y todo esto, dentro de nuestra vida de comunidad, lugar desde donde experimentamos que todo ser humano es nuestro hermano. Apoyados firmemente en estos pilares fundamentales que regulan nuestra vida respondemos a la llamada a una vocación universal, es decir, a mirar adelante como lo hizo Domingo, que salió del enclaustrado mundo de Osma para comenzar su vida itinerante por otros mundos.


La efeméride de la traslación de santo Domingo no sólo es una celebración litúrgica y una comida “diferente”, es reafirmar nuestra disponibilidad de ser trasladados mirando adelante sin pararnos para no quedar definitivamente muertos como no lo quedó santo Domingo. Esta disponibilidad hace más fácil el arte de alabar y bendecir todo lo bueno, que es aprender a hablar sobre Dios. Esta disponibilidad demuestra lo bello que es entregar la vida para anunciar y compartir la buena noticia, entrega que nos fortalece en el camino y nos da la libertad. ¿No es apasionante? ¿Tú no te animarías?