"La vocación, una llamada y una respuesta"

Fr. Eleandro Emilio Pérez Acuña
Fr. Eleandro Emilio Pérez Acuña
Convento de Santo Domingo, Rep. Dominicana

Soy cubano y, como muchos de mi generación, recuerdo el día de mi bautismo. En mi familia nunca escuche a nadie hablar de Dios o de religión. Cuando tenía 7 años mi hermana mayor, comenzó a ir a catequesis con unos amigos suyos de la escuela. Yo quise ir pero solo porque si ella podía “ir a eso” entonces a mí también había que dejarme. Así puse por primera vez un pie en ese templo de madera casi destruido y con una colonia de ranas viviendo en el agua bajo el piso. Mis padres no se opusieron nunca a que fuésemos a la Iglesia y cuando unos meses más tarde dije que no iba más porque prefería quedarme jugando, mi mamá solo me respondió “A usted nadie lo obligó a ir a la Iglesia así que ahora no lo puede dejar”. ¡Cuánto le agradezco por eso! Con el tiempo mi madre comenzó a asistir al catecumenado y Dios me ha dado la gracia de ver su bautismo, comunión, confirmación y hasta la boda con mi padre.


Aprendí a amar a Dios en aquella iglesia de las “cuatro viejas”, así era como le llamaban a las heroínas que, sin miedo a nada, lograron mantener viva la fe católica en el pueblo. Con la llegada de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena (las Lauritas) descubrí, en la misión, realidades de mi pueblo que nunca pude imaginar. Con las hermanas aprendí a ver a Dios en los pobres, los enfermos y los marginados. Visitando los campos pude conocer a tanta gente que no sabe de Dios y que no tienen prácticamente a nadie que les hable de Él. Con el tiempo mi casa se convirtió en Casa de Oración y Misión. Estas casas son una alternativa para aquellas personas adultas que aún no se atreven, por cualquier motivo, a dar el paso de ir al Templo pero que buscan a Dios y encuentran así una manera de iniciarse en la fe. Hoy puedo dar gracias a Dios porque mi madre es la responsable de nuestra Casa de Oración y cada semana también los niños del barrio reciben allí la catequesis ya que sus padres no los llevan a la Iglesia.


La visita del Papa Juan Pablo II en 1998 logró que mucha gente perdiera el miedo a vivir públicamente su fe. Volvieron los cuadros del Sagrado Corazón a los hogares de tanta gente que los había quitado o tapado con alguna foto para evitarse problemas. Los templos se han vuelto a llenar y hay muchas personas que se identifican como católicas aunque la gran mayoría no vive su fe en la comunidad. Los bautizos de niños pequeños han vuelto pero, lamentablemente, muchas veces más como algo social o por alguna creencia no necesariamente católica.


Yo nunca me había planteado ser sacerdote y mucho menos dominico. De la Orden solo sabía que existía porque un seminarista de mi pueblo se había cambiado de diocesano a dominico pero nada más. Un día este me regaló un dibujo, muchos años después supe que era de Félix que ahora es mi hermano de comunidad y submaestro, que explicaba a grandes rasgos el ideal dominicano desde el estudio, oración, predicación, verdad, compasión, comunidad y mente abierta. Me dijo que yo podía ser dominico y solo le respondí que ni jugando. La imagen la guardé en mi Biblia y allí permaneció un par de años inadvertida, como una más, hasta que me fui a la universidad.


Mi paso por la universidad me ayudó a descubrir a Dios en mi interior y la importancia de la oración. Yo estudié en una universidad nueva en Cuba con un régimen distinto a las demás existentes. Estaba allí interno el curso entero, solo podía ir a mi casa, y por lo tanto a misa, un par de semanas en navidad y en los meses de verano. No salía prácticamente a nada y si lo hacía, era principalmente para participar junto a los otros diez mil estudiantes en actos de corte político. No conocí a ningún católico allí, de seguro que los había, pero no los conocí. Sí que existía un gran movimiento de jóvenes de iglesias protestantes que se reunían a compartir su fe. Hice muy buenos amigos, casi todos ateos, que respetaban mi fe pero que no la compartían. Mi auxilio fue mi Biblia y en ella encontré guardado aquel dibujo que me habían regalado.

Comencé a darle vueltas a lo que allí decía, me puse a buscar en internet, a leer lo que encontraba y de pronto me encontré enamorado del proyecto de Domingo de Guzmán. Sin conocer a más ningún dominico en Cuba deseaba seguir a Jesús al estilo dominicano. Hablé con este fraile le conté lo que sentía, le dije que quería dejar la universidad para hacerme dominico y me dijo que no, que terminara la carrera porque quizás como Ingeniero Informático podría después ayudar en la Orden. Cuatro años después cuando terminé los estudios volví hablar con él y durante los próximos tres años que duró el Servicio Social estuve en contacto con él y asistiendo a convivencias hasta que en septiembre del 2016 comencé el prenoviciado.

Durante los dos años en los que estuve viviendo con los frailes en Cuba pude conocer la gran labor que realizan y el compromiso con el pueblo. El Centro de Estudios en el convento es un espacio abierto para el dialogo y la búsqueda incesante de la verdad, un lugar donde se pueden compartir criterios sin miedo y en el que estudian cientos de jóvenes y adolescentes sin importar creencias o posiciones políticas. Ahora en el noviciado tengo la posibilidad de conocer otra realidad de la misión de la Orden, su historia y sus planes de futuro. Les agradezco a Dios y a los hermanos la oportunidad que me brindan y lo feliz que me hacen. Pido al Señor el don de la fidelidad y anhelo poder volver a mi Cuba a ayudar en la misión que allá se realiza.