El Niño Jesús vs. Santa Claus: ¿qué sentido le damos hoy a la Navidad?

Fr. Diego Rojas
Fr. Diego Rojas
Convento de Santo Domingo, Rep. Dominicana

El cristianismo en los primeros siglos comprendió que debía entenderse con su entorno, y en esta labor, sobre una fiesta pagana del Imperio romano, la fiesta Natalis Solis Invicti (o Nacimiento del Sol Invicto), asociada al nacimiento de Apolo, se sobrepuso la fiesta del Nacimiento de Jesús, verdadero Sol que ilumina al mundo. El objetivo fue suplir una devoción popular por otra dedicada a Cristo, fundamento del cristianismo, y se logró, ya que aún hoy se conserva la festividad de la Navidad en esa fecha, 25 de diciembre. Sin embargo, en las últimas décadas el libre mercado, como una religión con su «doctrina» del consumo, amenaza con cambiar de nuevo el sentido de esta fecha dieciséis siglos después: poco a poco la Navidad se ha ido descristianizando, manteniéndose la fiesta, sí, pero desligándola de su sentido verdadero.

Con eficiencia, y a la velocidad en que se dan los cambios en nuestra sociedad tecnificada, el afán de consumo y el materialismo están usando la Navidad para convertirla cada vez más en un negocio mundial, favorable para los fabricantes de juguetes, ropa, perfumes, accesorios, para los que ofrecen viajes, comida, facilidades hoteleras, etc. La Navidad gira en torno a las decoraciones luminosas, los viajes de reunión familiar, la cena, la ropa y los regalos bajo el árbol, asociados a un señor gordo bonachón de barbas blancas y traje rojo, popularizado así por una reconocida marca de refrescos mundial. Los centros comerciales y supermercados en estas fechas están cada vez más llenos, y las iglesias cada vez más vacías, pues las compras son ahora la mayor actividad de la Navidad.

 

La publicidad bombardea a los niños y adolescentes adoctrinando con la lógica de «el amor se demuestra comprándome cosas»; los padres, los que pueden, caen en el truco y ceden a los caprichos de sus hijos. Los que no pueden hacen malabares para adquirir «algo» con qué demostrar el amor a los pequeños. En medio de esta realidad surge la pregunta «¿Qué hacemos los cristianos para que el sentido de la Navidad no se pierda?, ¿cómo nos preparamos mejor para esta fecha?». Entiendo que la liturgia del Adviento y las bonitas tradiciones cristianas, como la de los belenes o nacimientos, que debemos conservar, nos dan herramientas para ellos. Algunas claves para asimilarlas bien podrían ser:

En primer lugar, sacar el tiempo y el silencio en medio de nuestras obligaciones para sentir y vivir de corazón la experiencia de un nuevo nacimiento de Cristo, es decir, actualizar la encarnación en el hoy y el ahora de mi vida concreta; no dejarse distraer por el ruido de las tiendas y las calles llenas de luces.
Otro punto sería la vivencia de estas fechas en familia y en comunidad: el tiempo que se pasa con los parientes y los hermanos de fe, la vida compartida, es el mejor regalo; lo otro es accesorio.
¿Y qué pasa con los que no tienen familia ni comunidad? La solidaridad, es decir, ser familia y comunidad para quienes no tienen con quién compartir estas fechas es un buen ejercicio de presencia de Dios en la vida de otros. Aquí tendríamos la tercera clave.
Hablamos de pérdida de sentido, ¿pero cómo podemos evitar que se pierda? La oración, entendida como una apertura humilde de corazón (y no una repetición sin más), busca sintonizar con el misterio que se celebra, es decir, la encarnación del Hijo de Dios, puede ser una cuarta clave.
Una quinta clave, que nos atañe mucho como predicadores, es asumir y anunciar pautas de discernimiento que permitan resaltar el sentido profundo de la Natividad por encima de todo aquello que la publicidad y la moda nos quieran vender. El desafío se presenta en contagiar a los demás de la chispa y sentido que supone recibir a Jesús vivo y presente en nuestros corazones y comunidades. No hacerlo sería dar razón a todos aquellos que critican el cristianismo por superficial y supersticioso.

Dentro de este último punto, cabría preguntarnos como cristianos cuánto sabemos y vivimos de la Navidad como misterio de encarnación frente a la Navidad como fiesta social. Si se hiciera un ejercicio similar al presentado en el ya viral anuncio navideño que ha lanzado la reconocida tienda de muebles Ikea, ¿nos quedaríamos fuera de esa cena, como todos ellos?