Sección: A la escucha
La resurrección hay que verificarla en las Escrituras, en la experiencia comunitaria y en la vida fraterna
Un verdadero discípulo, uno que, desde su aparente discipulado silente, no claudicó frente a la muerte de Jesús.
Aun en esta escena, donde parece que lo único que queda es enterrar y cerrar, sigue siendo Espíritu que no cesa en su trabajo por sacar del corazón humano algo digno de él.
El amor fue el principio, el fundamento y la razón de la muerte de Jesús. Le llevó a trascender los límites de la carne y de la incertidumbre, con superlativa fuerza de eternidad.
Jesús, clavado en la cruz, es la respuesta de que la vida del hombre no es ni puede ser una tragedia sin sentido.
Este desgarro ha alcanzado lo más íntimo; se ha llegado donde descansa el sentido de lo sagrado y la dimensión impenetrable del respeto inviolable
¿Cuántas veces hemos sido motivo de caídas para otros? El justo cae siete veces y se levanta.
El día en que nadie se compadezca ya de nadie, será señal de que se ahogó completamente la esperanza y que lo contrario al bien se propaga por la humanidad.
Cada una de las caídas de Jesús es una exhortación a levantarnos en nuestro camino de la cruz y convertirnos.
En nuestro vivir diario, escenas como la antes descrita se repiten de incontables maneras, actualizando el gesto amoroso de la Verónica
